Familia y parentesco
Competencia Dialógica
·
Identifico
los procesos que explican los diferentes comportamientos de las personas y
grupos.
Competencia crítica
·
Tomo
mis propias posiciones ante diversos puntos de vista acerca de las sociedades y
los tipos de familias.
Competencia creativa
·
Propongo
estrategias para la mejora de los intereses de las personas, familias, grupos,
organizaciones y comunidades.
Fechas de entrega
Actividad 1
septiembre 17
Actividad 2 octubre
8
C. LEVI-STRAUSS LA FAMILIA (1956)
Texto del
antropólogo Claude Lévi-Strauss, publicado originalmente en "Man, Culture
and Society" (1956), a cargo de Harry L. Shapiro y, en España, en
"Polémica sobre el origen y la universalidad de la familia" (1974).
La palabra familia
es de uso tan común, y se refiere a un tipo de realidad tan ligado a la
experiencia cotidiana, que podría pensarse que este trabajo se enfrenta con una
situación simple. Sin embargo, sucede que los antropólogos pertenecen a una
extraña especie: les gusta convertir lo «familiar» en misterioso y complicado.
De hecho, el estudio comparativo de la familia entre los diferentes pueblos ha
suscitado algunas de las polémicas más ásperas de toda la historia del
pensamiento antropológico y probablemente su cambio de orientación más
espectacular.
Durante la segunda mitad del siglo XIX
y a principios del siglo xx, los antropólogos trabajaban bajo la influencia del
evolucionismo biológico. Su idea era ordenar los datos de forma que
coincidieran las instituciones de los pueblos más simples con una de las
primeras etapas de la evolución de la humanidad, mientras que nuestras
instituciones corresponderían a las etapas más avanzadas de la evolución. Así,
por ejemplo, la familia basada sobre el matrimonio monógamo —que se
consideraba en nuestra sociedad la institución más loable y apreciada— no podía
encontrarse en las sociedades salvajes, que para el caso eran
equiparadas con las sociedades típicas de los albores de la humanidad. Se
asistió, por consiguiente, a una distorsión y a una interpretación errónea de
los hechos; más aún, se inventaron caprichosamente etapas «primigenias» de la
evolución, tales como «matrimonio de grupo» y «promiscuidad», para
explicar el período en que el hombre era tan bárbaro como para desconocer las
finezas de la vida social que son propias del hombre civilizado. Cualquier
costumbre distinta de las nuestras, se seleccionaba cuidadosamente como
vestigio de un tipo más antiguo de organización social.
Esta forma de tratar el problema perdió
vigencia cuando la acumulación de datos hizo evidente el hecho siguiente: el
tipo de familia característico de la civilización moderna, es decir, el basado
en el matrimonio monógamo, en el establecimiento independiente de la pareja de
recién casados, en la relación afectuosa entre padres e hijos, etc., si bien no
siempre es fácil de reconocer tras la complicada red de extrañas costumbres e
instituciones de los pueblos primitivos, es cuando menos patente en las
sociedades que parecen haber permanecido —o vuelto— en el nivel cultural más
simple. Tribus como los andamaneses de las islas del Océano Indico, los
fueguinos de la extremidad meridional de América del Sur, los nambicuara del
centro del Brasil y los bosquimanos de África del Sudoeste —por citar sólo unos
ejemplos— que viven en pequeñas bandas seminómadas, que carecen o poseen una
organización política muy simple y que tienen un nivel tecnológico
muy bajo —pues algunos de estos grupos desconocen el tejido, la alfarería y la
construcción de chozas— no tienen otra estructura social que la familia, la
mayor parte de las veces basada en la monogamia. El investigador de campo
identifica fácilmente las parejas casadas, asociadas estrechamente por lazos
sentimentales y de cooperación económica, así como por la crianza de los
hijos(as) nacidos de estas uniones.
Esta supremacía de la familia en las
dos extremidades de la escala de la evolución de las sociedades humanas se
puede interpretar de dos formas. Algunos áutores alegan que los pueblos más
simples pueden considerarse algo así como el vestigio de una «edad de oro»
anterior al sometimiento de la humanidad a las penalidades y perversiones de la
civilización. Se supone que el hombre conoció, en aquel primer estadio, las
delicias de la familia monógama, pero luego renunció a ellas y que no fueron
descubiertas de nuevo hasta el advenimiento del cristianismo. No obstante, la
tendencia general entre los antropólogos —si exceptuamos a la escuela vienesa—
es que la vida familiar está presente en prácticamente todas las sociedades
humanas, incluso en aquellas cuyas costumbres sexuales y educativas difieren en
gran medida de las nuestras. De este modo, tras haber sostenido durante
cincuenta años que la familia, tal y como la conocemos en las sociedades
modernas, era la consecuencia reciente de una evolución lenta y prolongada, los
antropólogos actuales se inclinan hacia la convicción contraria, es decir,
hacia la idea de que la familia, constituida por una unión más o menos duradera
y socialmente aprobada de un hombre, una mujer y los hijos(as) de ambos, es un
fenómeno universal que se halla presente en todos y cada uno de los tipos de
sociedad.
Sin embargo, estas posiciones extremas
pecan ambas de simplismo. Es bien sabido que son muy raros los casos en los que
pueda alegarse la inexistencia de lazos familiares. Un caso notable es el de
los nayar, un numeroso grupo humano que vive en la costa de Malabar, en la
India. En el pasado, la actividad guerrera impedía a los nayar fundar una
familia. El matrimonio era poco más que una ceremonia simbó1ica, pues no creaba
lazos permanentes entre un hombre y una mujer. De hecho, las mujeres casadas
estaban autorizadas a tener tantos amantes como quisieran. Los hijos(as)
pertenecían exclusivamente a la línea materna y la autoridad sobre la familia y
sobre la tierra no era ejercida por el efímero marido, sino por los hermanos de
la esposa. Por otra parte, la tierra era cultivada por una casta inferior,
sometida a los nayar, con lo que los hermanos de una mujer gozaban de la misma
libertad para dedicarse a las actividades guerreras que el marido temporal o
los amantes de su hermana.
Ahora bien, el caso de los nayar ha
sido, con frecuencia, interpretado erróneamente. En primer lugar, no puede
considerarse un vestigio de un tipo primitivo de organización social que haya
estado muy difundido en el pasado. Por el contrario, los nayar presentan un
tipo extremo y complicado de estructura social y, desde este punto de vista, no
prueban demasiado.
Por otra parte, no hay duda de que los
nayar representan una forma extrema de una tendencia que en las sociedades
humanas es mucho más frecuente de lo que comúnmente se reconoce.
Gran número de sociedades, si bien no
han ido tan lejos como los nayar en negar el reconocimiento de unidad social a
la familia, han limitado este reconocimiento al admitir simultáneamente pautas
de tipo diverso. Por ejemplo, los masai y los chagga, dos tribus africanas,
reconocían a la familia como unidad social, pero, por las mismas razones que
los nayar, esto no se aplicaba para los hombres que estaban en el primer grado
de edad adulta —que se dedicaban a las actividades guerreras— y a los que no se
les permitía casarse ni fundar una familia. Dichos individuos acostumbraban a
vivir en organizaciones regimentadas. Durante este período podían tener
relaciones promiscuas con las mujeres pertenecientes al mismo grado de edad que
el suyo. De esta forma, en estos pueblos la familia coexistía con un tipo no
familiar y promiscuo de relaciones entre los sexos.
Por distintas razones existía el mismo
tipo de pauta dual entre los boraro y otras tribus del Brasil, los muria y
otras tribus de la India y Assam, etc. Todos los ejemplos conocidos podrían
ordenarse de tal forma que los nayar aparecieran como el caso más coherente,
sistemático y llevado a sus extremos lógicos, de una situación que puede
presentarse de nuevo, al menos de forma embrionaria, en la sociedad moderna.
Una demostración elocuente la hallamos
en la Alemania nazi, donde empezaba a aparecer una ruptura similar en la unidad
familiar. Por una parte, los hombres se dedicaban a las actividades políticas y
guerreras de las que, debido al elevado prestigio de dichas posiciones,
derivaban innumerables libertades. Por otra parte, a las mujeres les estaban
destinadas las «3 K» funcionales: Küche, Kirche, Kinder (cocina,
iglesia y niños). Es fácil imaginar que, si esta orientación hubiera perdurado
varios cientos de años, esta clara división de funciones entre hombres y
mujeres, unida a la correspondiente diferenciación de status, bien hubiera
podido dar lugar a un tipo de organización social en la que la unidad familiar
gozara de tan limitada consideración como entre los nayar.
Durante los últimos años, los
antropólogos han realizado grandes esfuerzos para mostrar que, incluso entre
los pueblos que practican el préstamo de esposas, ya sea periódicamente con
motivo de ceremonias religiosas, ya sea estatutariamente (como sucede
cuando se permite a los hombres entrar en un tipo de amistad institucional que
implica el préstamo de esposas entre los miembros), estas
costumbres no deben interpretarse como supervivencia del «matrimonio de grupo»
por cuanto coexisten con la familia y, además, implican su reconocimiento. Es
evidente que para poder prestar la propia esposa es preciso antes poseer una.
No obstante, si consideramos el caso de algunas tribus australianas como los
wunambal de la región noroeste, podremos darnos cuenta de que un hombre que se
mostrara reacio a prestar su esposa a otros maridos potenciales durante las
ceremonias religiosas, sería considerado «muy egoísta», ya que trataría de
monopolizar un privilegio que el grupo social considera que debe compartir con
todas las personas que tienen derecho a dicho privilegio. Si, además, tenemos
en cuenta que dicha actitud con respecto al del acceso a las mujeres va
acompañada con el dogma oficial de que los hombres no desempeñan papel alguno
en la procreación fisiológica (lo que aportaba dos buenas razones para
negar la existencia de lazo alguno entre el marido y los hijos(as) de la esposa),
la familia se convierte en un grupo económico basado en la división sexual del
trabajo: el marido aporta los productos de la caza y la esposa los de la
recolección. Los antropólogos que pretenden que esta unidad económica basada en
el principio de «dar y tomar» es una prueba de la existencia de la familia
incluso entre los grupos más salvajes, no están ciertamente en una base más
firme que aquellos antropólogos que afirman que dicho tipo de familia no tiene
en común más que el término utilizado para referirse al otro tipo de familia
tal y como puede observarse en otros lugares.
El mismo tipo de perspectiva
relativista es aconsejable para la familia polígama. Recordemos que la
palabra poligamia se refiere tanto a la poliginia, es decir, al sistema en el que
a un hombre se le autoriza tener varias esposas, como a la poliandria, o
sistema complementario en el que varios maridos comparten una esposa.
Ahora bien, en muchos casos sucede que
las familias polígamas no son más que una combinación de varias familias
monógamas en las que una misma persona desempeña el papel de varios cónyuges.
Por ejemplo, entre algunas tribus bantúes cada esposa vive con sus hijos(as) en
una choza separada; la única diferencia con una familia monógama es el hecho de
que el mismo hombre desempeña el papel de marido para todas sus esposas. Sin
embargo, hay otros ejemplos con una situación menos clara. Entre los
tupikawahih del centro del Brasil, un jefe puede casarse con varias hermanas o
con una madre y sus hijas (de un matrimonio anterior). En este último caso, los
hijos(as) son criados conjuntamente por las mujeres, que no parecen preocuparse
demasiado por el hecho de si los hijos que están criando son suyos o no.
Además, el jefe presta de buen grado sus esposas a sus hermanos menores, a los
funcionarios de la corte y a los visitantes. Nos hallamos, pues, no sólo ante
una combinación de poliginia y poliandria, sino que la confusión aumenta
todavía más por el hecho de que las co-esposas pueden estar relacionadas por
estrechos lazos consanguíneos previos al matrimonio con el mismo hombre. En un
caso presenciado por el autor, una madre y su hija, casadas con el mismo
hombre, estaban al cuidado de unos hijos(as) que eran, al mismo tiempo,
hijastros(as) con respecto a una de las mujeres y, según el caso, nietos(as) o
hermanastros(as) de la otra.
La poliandria propiamente dicha puede,
en ocasiones, tomar formas extrañas, como sucede entre los todas, donde varios
hombres —por lo común hermanos— comparten una esposa. El padre legítimo de los
hijos es aquél que ha realizado una ceremonia especial —y lo sigue siendo hasta
que otro marido no se atribuye el derecho de paternidad mediante el mismo
procedimiento. En Tibet y Nepal la poliandria parece explicarse por ciertos
factores ocupacionales del mismo tipo que hemos encontrado entre los nayar: los
hombres viven una existencia semi-nómada, como guías y portadores, y en
consecuencia la poliandria hace factible que por lo menos uno de los maridos
esté siempre al cuidado del hogar.
Si bien es cierto que la identidad
legal, económica y sentimental de la familia puede mantenerse incluso bajo la
poliginia o la poliandria, no es seguro que pueda decirse lo mismo cuando la
poliandria coexiste con la poliginia. Como hemos visto, éste era, hasta cierto
punto, el caso de los tupi-kawahib, por cuanto los matrimonios políginos
existían —cuando menos como privilegio de los jefes— en combinación con un
elaborado sistema de prestación de esposas a los hermanos más jóvenes, a los
ayudantes y a los visitantes de otras tribus. En este caso se podría alegar que
el lazo entre una mujer y su marido legal difiere más en grado que en cualidad
de una gama de otros lazos que podrían ser ordenados en orden decreciente de
fuerza: desde los amantes legítimos y semipermanentes hasta los amantes
ocasionales. No obstante, incluso en este caso el status de los hijos(as) venía
definido por el matrimonio legal y no por los otros tipos de uniones.
Si consideramos la evolución de los
toda durante el siglo XIX nos acercamos al llamado «matrimonio de grupo».
Los toda poseían originalmente un sistema poliandro, hecho posible gracias a la
costumbre del infanticidio femenino. Cuando la administración británica
prohibió esta última práctica, restaurando así la tasa natural de nacimientos,
los toda continuaron practicando la poliandria; sin embargo, ahora, en lugar de
varios hermanos compartiendo la misma esposa, les fue posible conseguir varias
esposas. Como en el caso de los nayar, los tipos de organización que más
lejanos parecen de la familia conyugal no se dan en las sociedades más salvajes
y arcaicas, sino en formas de desarrollo social relativamente recientes y
extremadamente elaboradas.
En consecuencia, es evidente por qué el
problema de la familia no debe ser tratado de forma dogmática. De hecho, es una
de las cuestiones más escurridizas dentro del estudio de la organización
social. Poco sabemos del tipo de organización social que prevaleció en las
primeras etapas de la humanidad, ya que los restos humanos que poseemos del
paleolítico superior, es decir, de hace unos 50.000 años, consisten
fundamentalmente en fragmentos de esqueletos y utensilios de piedra que no
proporcionan más que una información muy insufíciente sobre las leyes y
costumbres sociales. Por otra parte, cuando consideramos la amplia diversidad
de sociedades humanas que han sido observadas, digamos, desde Herodoto hasta
nuestros días, lo único que podemos decir es lo siguiente: la familia conyugal
y monógama es muy frecuente. Dondequiera que parece ser invalidada por
diferentes tipos de organizaciones, esto sucede, por lo común, en sociedades
muy especializadas y complejas y no, como acostumbraba a creerse, en los tipos
más simples y primitivos de sociedad. Además, los pocos casos de familia no
conyugal (incluso en su forma polígama) establecen sin la menor sombra de
duda que la alta frecuencia del tipo conyugal de agrupación social no deriva de
una necesidad universal. Es posible concebir la existencia de una sociedad
perfectamente estable y duradera sin la familia conyugal. La complejidad del
problema reside en el hecho de que, si bien no existe ley natural alguna que
exija la universalidad de la familia, hay que explicar el hecho de que se
encuentre en casi todas partes.
Tratar de resolver este problema implica,
en primer lugar, definir lo que entendemos por «familia». Dicho intento no
puede consistir en integrar las numerosas observaciones prácticas realizadas en
distintas sociedades, ni tampoco en limitarnos a la situación que existe entre
nosotros. Lo pertinente es construir un modelo ideal de lo que pensamos cuando
usamos la palabra familia. Se vería, entonces, que dicha palabra sirve para
designar un grupo social que posee, por lo menos, las tres características
siguientes: 1) Tiene su origen en el matrimonio. 2) Está formado por el marido,
la esposa y los hijos(as) nacidos del matrimonio, aunque es concebible que
otros parientes encuentren su lugar cerca del grupo nuclear. 3) Los miembros de
la familia están unidos por a) lazos legales, b) derechos
y obligaciones económicas, religiosas y de otro tipo y e) una
red precisa de derechos y prohibiciones sexuales, más una cantidad variable y
diversificada de sentimientos psicológicos tales como amor, afecto, respeto,
temor, etc. Seguidamente procederemos a un examen detallado de estos diversos
aspectos a la luz de los datos existentes.
Actividad 1
Después de hacer la lectura del anterior texto deberán
preparar comentarios críticos con las ideas centrales de los textos vinculando
interrogantes, haciendo conexiones y proponiendo análisis, a continuación, les
presento un esquema para que se guíen en la elaboración del comentario
Imagen recuperada de https://image.slidesharecdn.com/coment-texto-09-10-090920045055-phpapp01/95/esquema-para-comentario-de-texto-2-728.jpg?cb=1253422286
Actividad 2
Define y contextualiza
los términos subrayados en el texto C. LEVI-STRAUSS LA FAMILIA (1956)



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